Apenas empieza diciembre y hay quien ha propuesto felicitarnos a diario. Buen tiempo para cerrar el libro e iniciar uno nuevo. Por eso traigo hoy una aportación de Claudia (creo que la encontró en alguna de sus correrías internéticas) que me parece va como anillo al dedo en esta maravillosa energía de celebración, de nacimiento, de esperanza.
Hace poco visité la casa de Pablo Neruda; está transformada en museo y al recorrerla uno va escuchando en un aparatito electrónico anécdotas e historias del poeta, incluso partes de entrevistas que se le hicieron estando en vida. En una de ellas se comenta que Neruda era capaz de dictar un artículo completo de corrido sin necesidad de hacerle correcciones posteriores; cuando alguien le decía que eso reflejaba el enorme talento que tenía para escribir, el contestaba: Eso no es talento, es oficio y se logra con entrenamiento y dedicación.
Me quedé prendada en esa historia pensando con admiración en este genial Neruda que habla de su arte como un oficio que requiere disciplina, paciencia, tiempo y dedicación. En cambio yo una simple neófita que disfruta el escribir y compartir a través de las letras, muchas veces me alejo de los escritos en espera de una inspiración que en ocasiones tarda meses en llegar. Comprendí que más que esperar que algo ocurra podemos hacer de un oficio eso que tanto decimos desear hacer. ¿Cuántas cosas postergamos pues no nos sentimos preparados o lo suficientemente talentosos y perdemos tiempo esperando que algo ocurra, en vez de sacudir nuestro temores y simplemente ponernos manos a la obra?
Mi inquieta mente siguió reflexionando al respecto y me di cuenta que en realidad es mucho más profunda esta enseñanza, que me llega desde la cotidianidad de un paseo. El fin último para el cual los seres humanos, escribimos, trabajamos, estudiamos, nos ponemos metas, nos relacionamos, creamos, destruimos, peleamos y hacemos lo que hacemos en esta vida, es uno solo: ser felices. Lo que escogemos hacer, en realidad no es más que la estrategia que elegimos para encontrar la ansiada felicidad.
Entonces ¿qué tal sería convertir la felicidad en oficio?
La mayor parte de nuestra vida nos hemos estado adiestrando para ser infelices; cuando éramos pequeños nos enseñaron que la vida es dura, que no se pueden confiar en las personas, que el amor es escaso, que las carencias son múltiples, que el mundo marcha espantosamente. Solícitos aprendimos la lección y luego comenzamos a divulgarla por doquier: los tiempos que corren están difíciles, la juventud está cada día peor, la economía no tiene remedio, la comida engorda, el sol produce cáncer, solo los tontos sonríen tanto, el dinero corrompe, son sólo alguna de las muchas afirmaciones que repetimos a diario como si fueran mantras que nos ayudan a ser infelices. No contentos con ello seguimos absorbiendo dosis de infelicidad diaria en los noticiarios, en las películas y en muchos de los libros que leemos. ¿Qué pasaría si desde hoy escogemos ser felices y convertimos la felicidad en nuestro oficio y nos adiestramos para ello?
Seguramente como todo nuevo oficio al principio, antes de automatizarse, parecerá muy difícil, incluso hasta puedan dolernos algunas partes por falta de costumbre, pero ¿qué pasaría si insistimos y seguimos adelante y nos proponemos ser todos unos artífices de la felicidad?
El camino puede estar lleno de baches, quizás escucharemos algunas discusiones internas: ¡No! ¡Cómo vas a dejar de ver los noticiarios, tienes que estar informado! ¡Es un verdadero acto de egoísmo que pienses primero en ti! ¡No comas eso mira que engorda y está lleno de colesterol! ¡Cómo vas a pasar toda una tarde sin hacer nada cuando hay tanto que hacer! No obstante, si eres lo suficientemente tozudo y sigues adelante te prometo que, antes que te des cuenta, serás todo un experto en el oficio de ser feliz.
Te demorarás mucho menos en aprender a ser feliz que lo que te demoraste en aprender a ser infeliz. Eso tenlo por seguro, pues la felicidad es tu estado natural y lo antinatural es que seas infeliz, si no me crees, simplemente observa a los niños pequeños, ellos son expertos en la despreocupación y alegría, no importa cuán aparentemente duras sean las condiciones en las cuales les haya tocado nacer, ellos siempre encontraran algo con que deleitarse y gritaran con todas sus ganas cuando deseen expresar algo. Somos nosotros, los adultos, los que les enseñamos a contenerse, pero su naturaleza primigenia es ser así: simple y llanamente felices. Esa es nuestra esencia, lo contrario es aprendido y ensayado con insistencia a lo largo de nuestras vidas, pero si lo deseas, puedes ahora mismo comenzar a practicar el maravilloso oficio de ser feliz. Busca tu propia estrategia, escoge tus propios medios, pero proponte invertir tiempo y voluntad en ello.